Va a llover.

¿Pero tú ves alguna nube?

Las hormigas barruntan agua… Hay que saber de naturaleza.

Dolores se ajustó las gafas, pero no vio ninguna hormiga alrededor.

Será por lo mucho que tú sabes.

Fina arrugó el ceño.

Venga, vámonos, antes de que se ponga a llover.

¿Has pagado ya?

Cuando nos han traído los churros.

¿A cuánto tocamos?

Ni te contesto, que siempre me haces lo mismo.

Dolores agarró su bastón y se apoyó en él para intentar levantarse. Fina le ofreció el brazo y la ayudó con algo de esfuerzo. Echaron a andar por el paseo, bajo la sombra de los tilos.

Este año año los almendros han florecido más pronto dijo Dolores.

Cada vez hace más calor.

Hacía demasiados años desde aquello, pero Fina recordaba con claridad el día en que Dolores y ella hicieron un ángel en la nieve en pleno mes de mayo. Había sido una nevada de las que hacían época y el manto blanco cubría el jardín de la casa. Pisaron como si firmaran en cemento, se tiraron bolas de nieve y se balancearon en el columpio y se lanzaron desde lo alto de su parábola al colchón de nieve blanda. Contaron las nubes discutiendo por adivinar las formas que dibujaban: un perro, no, una paloma, o una salamanquesa. Un dragón. Se quedaron tumbadas escuchando el sonido del deshielo. La ropa se les quedó empapada. Al acabar la tarde, su padre les hizo una foto en blanco y negro de esas que al mirarlas parecen estar en color. Fina la guardaba en su caja de los recuerdos. La caja de cartón había pasado de ocupar un lugar privilegiado en el comedor al altillo del armario, de ahí al desván y, finalmente, de nuevo al cajón en el comedor.

¿A qué hora sale el tren mañana?

A las once. Jorge me irá a recoger a la estación con las niñas.

Qué grandes estarán ya. Hace mucho que no las veo.

Pues, hija, yo las veo demasiado. Como el padre y la madre trabajan con esos horarios, las tengo todo el día encima.

Te quejas con la boca pequeña.

Empezaron a caer las primeras gotas. Densas, dispersas, enormes. Fina sonrió. Hay que saber de naturaleza, sí, algo hay que saber. Dolores le dio un codazo amable. Fueron a refugiarse a un porche y llegaron con el tiempo justo para contemplar el aguacero arrastrando el polvo de los tilos.

Cuando las hormigas llevan palitos y barritas, es porque tienen que fortalecer el hormiguero para resistir bien la lluvia que viene.

No he visto ninguna hormiga.

Porque vas a lo tuyo, sin mirar nada. Padre siempre te decía lo mismo: «Lola, fíjate por dónde vas, que pareces tonta. Hay que ir por la calle con los ojos abiertos».

Los que dan consejos suelen ser los que más los necesitan. A Padre le pasaba eso.

Sabes que él solo quería lo mejor para nosotras.

Esa es tu opinión.

Un poco más tarde, la lluvia paró casi como por ensalmo. El empedrado de la calle no tardó en secarse. El olor a humedad y el verde reluciente de los árboles quedaron como únicos testigos.

¿Alguna vez has vuelto a ver las fotos que nos sacaba de niñas?

¿Para qué?

En sus últimos meses, esos álbumes eran lo único que le hacía compañía. Cuando ya estaba en el hospital, escribió unas líneas en la parte de atrás de cada foto.

Dolores se quedó parada un momento.

No me lo habías dicho.

Fina se encogió levemente de hombros.

Yo tampoco lo sabía hasta hace poco.

Fina siempre había vivido en la misma casa que vivieron sus padres. Los muebles, los cuadros, el menaje; nunca quiso cambiar nada que su madre hubiera colocado. Pensaba que, si lo hiciera, los recuerdos se borrarían, la presencia de su madre se alejaría. En realidad, solo seguía la tradición iniciada por su padre, que mantuvo la casa intacta durante más de treinta años. Desde muy joven, Fina supo que, de algún modo, la casa en la que vivía nunca sería la suya. Dolores venía de visita un par de veces al año, y Fina se sentía como el ama de llaves de un caserón a la vez propio y ajeno. La única constante es que siempre evitaban hablar de su padre.

Aquel día, después de comer, ambas se sentaron en el sofá del salón con un café largo y un cigarrillo. Fina abrió el cajón del mueble y sacó la caja con los álbumes de fotos. Como todas las cajas de recuerdos, olía a sueño y a lágrimas.