La luz que se filtraba en las rendijas de la ventana del dormitorio era oscura, angosta. Tim se levantó casi a rastras y avanzó varios pasos con la sensación física de haberse quedado en la cama. Su cuerpo se desplazó hacia el baño con la inercia de la costumbre, los pies descalzos en el suelo de baldosas amarillas de cerámica. Movió la manija roja del grifo del lavabo pero el agua insistió en salir helada. Se lavó la cara y el extraño del espejo lo miró de hito, los ojos hundidos, el pelo ralo y encanecido. En los años que había pasado buscando a la Princesa, Tim había aprendido a verse a sí mismo como un catalizador de eventos. Si la vida era una sucesión de causas y efectos, él se había alineado con el bando de las causas y había estado más que dispuesto a batallar con los efectos por cada palmo de libertad percibida, de propósito reclamado. Y aunque el propósito era claro había vagado en un bote sin remos, al albur de las corrientes y con la confianza de quien sigue su camino. ¿Existe la Princesa? La duda llegó a corroerle. No había veneno más lento, más inmanente.

Ahora, las calles de Manhattan estaban nevadas, los coches dejaban en los arcenes una pasta mustia de blancura amarillenta, las estalactitas de los alféizares reflejaban la luz grisácea del alba. Tim se enrolló la bufanda con fuerza hasta que notó cierta presión en el cuello, la subió hasta cubrir la punta de la nariz y echó a andar. Comprobó su reloj de muñeca: era el 29 de diciembre, sí, pero ¿de qué año? La búsqueda de la Princesa le había llevado toda la vida y, al final, su recompensa era una certeza amarga, un sentimiento de culpa. Pero Tim no estaba solo, el suyo era el propósito compartido de todos aquellos que priorizaron el hallazgo sobre la búsqueda. ¡Y qué hallazgo! Su búsqueda no entendía —no entiende— de moral, y la Princesa, si existe, debe ser encontrada.

Entró en el café de Los Álamos y saludó en una nube de vaho. Se sentó en un taburete de la barra. A su lado, una mosca aplastada en el cenicero a punto de rebosar. El camarero lo vació y pasó un trapo húmedo por el mostrador. Tim pidió un café largo y dos huevos revueltos con bacon, y el camarero se echó el trapo al hombro, le rellenó la jarra de café humeante, y gritó la comanda a la cocina. Tim se encendió un cigarro mientras esperaba. La ceniza consumida entre los dedos era su medida del tiempo, una más pausada, menos implacable que la medida real. La tele de tubo colgada en lo alto de una columna tenía puesta la BBC británica. El locutor decía algo en ese momento. «Déjenme que sugiera algo de lo que pueden discrepar con violencia: que, en el mejor de los casos, el producto de la emoción humana, el arte, la filosofía… son interpretaciones del mundo que dicen más de la persona que los expresa que del mundo que está expresando». Tim no discrepó con violencia, pero dio un sorbo del café amargo y se quemó la punta de la lengua.

A mediodía, una hoja caía con lentitud de un árbol seco. Dibujaba espirales imaginarias mecida por el viento. Tim la observaba sentado en un banco de Central Park. Cuando llegó al suelo, recordó: «Ten siempre a Ítaca en tu mente. / Llegar allí es tu destino. / Más no apresures nunca el viaje. / Mejor que dure muchos años, / y atracar, viejo ya, en la isla, / enriquecido de cuento ganaste en el camino».

Qué iluso fue al buscar a la Princesa. ¿Podía, en buena conciencia, decir que la encontró?

Una estrella en el amanecer.

Una burbuja en la corriente.

Un destello de relámpago en una nube de verano.

Una lámpara que parpadea.

Un fantasma.

Y un sueño.

Se retiró de la frente un mechón de pelo cobrizo y comprobó su reloj de muñeca una vez más. Cerró los ojos un instante y suspiró con fuerza. Seguiría buscando, pero, esa vez, sus errores no serían los mismos.

Foto: banco en el camino del bosque.