Desde que era niño siempre me habías dado el mismo consejo. Te acuerdas, ¿verdad? Entrabas en mi habitación, te sentabas a mi lado y comenzabas a rellenar de tabaco tu pipa de madera. Yo había aprendido a reconocer tu señal y dejaba lo que quiera que estuviera haciendo, pendiente sólo de ti. Entonces bajabas el tono de voz como si tuvieras una confidencia que solo yo pudiera escuchar, y me decías: «hijo, aún eres muy joven, pero es importante que entiendas que a todos nos llega el día de abandonar este mundo». Hacías una pausa para humedecerte el pulgar con los labios y compactar el tabaco en la cazoleta, y continuabas: «Así que vive una vida que merezca la pena recordar; ese es el verdadero secreto de la inmortalidad». Yo asentía decidido: «claro que sí, papá», y tú te colocabas la pipa en la boca, con aquel hilo de saliva que colgaba de la cazoleta, y perdías tu mirada en las volutas de humo. Claro que sí, papá.

El albañil termina de extender el cemento alrededor de tu nicho y coloca la lápida. El conductor del coche fúnebre le ayuda a sujetarla y después ambos cogen la corona y la colocan con cuidado. Tu hijo no te olvida, dice la inscripción. El albañil se gira hacia mí para darme el pésame. Gracias, le digo. Le doy la mano al conductor y ambos suben al coche, que se marcha con lentitud.

Hace un día espléndido. Siempre pensé que llovería o haría frío en un momento como este. Pensé… que habría un clima de despedida, algo más apropiado. «No digas tonterías», me dirías, «el mundo estaba aquí mucho antes que yo, y aquí seguirá después de que me marche. No necesito ningún homenaje». Sí, algo así me dirías. El problema, papá, es que yo sí que lo necesito.

Saco la pipa del bolsillo y la relleno por última vez. Me seco una lágrima con el pulgar y lo uso para compactar el tabaco. Las cerillas no son las que tú usabas, pero el tabaco es el mismo, con su aroma a nuez y avena. El olor de casa. La enciendo y aspiro en una corta bocanada: es un sabor ardiente. Lo paladeo. Luego doy otra bocanada y, como tú, observo el humo. ¿Viviste una vida que merezca la pena recordar? Nunca te lo pregunté. Pero descuida, papá, yo la recordaré; al menos la parte que conozco, por pequeña que sea. Aunque puede que no necesites que yo la recuerde. Quizás lo que querías decirme es que uno no debe vivir con arrepentimiento. No lo sé. La pipa se apaga y ya no hace falta volver a encenderla. La dejo en el suelo, junto a la lápida, y me dispongo a marcharme; pero la pipa se enciende una vez más y de ella asciende una última voluta de humo. La contemplo disolverse, pero su imagen permanece. Ese es el verdadero secreto de la inmortalidad. Claro que sí, papá.

Foto: Hombre sujetando una pipa de tabaco