La pausa del café. Cigarros que se consumen en ceniza dentro de un vaso de plástico. El vestíbulo apesta a tabaco mientras las luces halógenas resaltan el cartel con la colilla tachada. El timbre del teléfono suena ominoso. Para mí, siempre suena así. Siempre es trabajo. Me despido con un gesto mientras cojo la llamada y me entrego a problemas ajenos que no me importan, pero me mantienen despierto cada noche. Al cruzar el umbral, el vaso cenicero se me cae esparciéndose por la moqueta.

En el recogimiento pacífico de mi despacho, me consuelo entre pulsaciones rítmicas como si el mero hecho de ponerse frente al teclado fuera una actividad redentora de significado, una forma legítima de pasar la mañana. La vida se convierte en un eterno esperar: esperar a que la vida ocurra, entre pausas, como un medicamento pautado. Los días se suceden, idénticos, el paso de las horas medido en movimientos de rodilla y taconeos silentes, cafés aguados, pausas para mear, la mancha de humedad del techo y esos árboles que se ven desde la ventana —ni siquiera sé cómo se llaman—. La abro para sentirme cerca de la calle dejando que el cierzo se infiltre y lo revuelva todo, pidiéndome que vuelva a cerrar. No cedo: cuando uno no es libre, al menos es importante parecerlo.

No cedo y me pregunto si tiene sentido posponerse tanto a uno mismo que, al final, uno no termina de llegar, y está siempre esperando a ser, a ocurrir, a pensar, a sentir. A vivir. ¿Puede ser libre alguien que mira desde mi ventana? Imagino que sí, pero a ser libre también hay que aprender, y todos los días deseo que la vida tuviera manual de instrucciones, o que alguien me explique cómo coño se vive sin sentirse constantemente perdido y ausente; cómo se compromete uno con nada, cuando todo es posible. El tiempo se sumerge entre las rendijas de un sumidero mientras pienso y pienso en cómo aprovecharlo. Los días discurriendo sobre raíles sin conocer dirección ni destino, con mi peor enemigo siempre a cuestas. Apártame de mi, yo, que me odio como solo me puedo odiar a mi mismo. El mundo se agiganta con la conciencia de la insuficiencia. Se hace infinito. Quisiera olvidar, olvidar que no sé nada, y creer a ciegas que sé lo suficiente como para poder apartar el látigo con el que me fustigo.

Alguien llama a la puerta. Le digo que pase.

—Oye, Roberto, ¿estás bien? —me dice.

—¡Gonzo! Sí, claro, ¿por qué lo preguntas?

—Te están esperando en Recursos Humanos desde hace varias horas. Pensaban que te estabas despidiendo de la gente o algo así, pero llevas encerrado aquí todo el día.

—Sí, bueno, estaba cerrando temas.

—Roberto… no tienes temas.

Bajo la mirada hasta mi mesa. Hasta hace poco no sabía qué aspecto tenía, sepultada entre papeles. La miro como si fuera la primera vez: lo cierto es que es una simple mesa de oficina.

—Ahora bajo.

Cojo la chaqueta del perchero y me anudo la corbata. Me peino en el reflejo del monitor del ordenador y termino cerrando la ventana. Puede que no vuelva a ver los árboles sin nombre desde esta perspectiva. Desde abajo, solo serán árboles, pero me pregunto si al que ocupe mi despacho le consolará mirarlos. Quizá no repare en ellos. En realidad, ¿puede ser libre alguien que mire desde mi ventana?