Por supuesto que me acuerdo: algo así no se olvida, pero es verdad que el tiempo lo ha ido difuminando. Ahora solo quedan detalles. Recuerdo, por ejemplo, que la mar apenas movía nuestra barca. Flotábamos con ligereza sorteando las rocas que enmarcaban la playa. Las palmas de las manos me sudaban y me costaba mover los remos. El sol de la tarde nos cegaba. Mi suegro hacía visera con la mano para darme indicaciones mientras yo remaba y lo observaba desde atrás, erguido con la espalda recta y el pelo canoso recogido en una coleta impecable, una pose digna con la que disimular el peso de los años.

¿Sabe? El mar ejerce una especie de fascinación hipnótica sobre los que somos de interior. Desde la orilla, el horizonte nos empequeñece, como si de pronto nos hicieramos conscientes de lo limitado del mundo en el que hemos escogido vivir. En realidad, solo los marineros tienen un sentido claro de lo grande que es el mundo. El resto flotamos en una especie de nube ensimismada, la creencia de que sabemos más de lo que sabemos y que nadie ni nada podrá sorprendernos en su inmensidad. El mar es un correctivo, una purga de esa creencia vacua y orgullosa, nos habla de nosotros mismos, nos aisla de la seguridad del todo y nos devuelve a esa nada que está completa, que refleja el sol en su superficie y a la que somos indiferentes. Allí somos espectadores de la vida, navegantes encomendados a la buena suerte.

Quizá por eso, en el día de su muerte, con el talón clavado en el pico de la proa, mi suegro parecía más vivo que nunca.

Como sabe, el duelo se celebró durante el atardecer. Mi suegro quería que el ocaso del día coincidiera con su ocaso como guerrero. Tuvo que insistir mucho, más allá de lo que era educado hacerlo, para que el dojo admitiera ese capricho. Había sido impropio de él, de la importancia que le daba a los buenos modales. En su vida, sus obligaciones siempre estuvieron por encima de sus deseos. Pero no en la muerte. En ella no estaba dispuesto a transigir.

Al llegar a la playa saludamos con formalidad a toda la comitiva del dojo. Habían acudido todos los alumnos y nuestras sombras alargadas cubrían por completo la fría playa. Manabu apenas levantaba la vista de la arena. Su cuerpo parecia vibrar sin que él tuviera control sobre ello. Era su primer duelo a muerte y durante todos sus años de instrucción en el dojo jamás se había expuesto a un riesgo real.

Cuando por fin los testigos nos separamos y ambos contendientes se colocaron de frente, Manabu alzó la vista y ambos se miraron. Se miraron mientras el sol se ocultaba en la distancia y los tonos rojizos del mar empezaban a desdibujarse en la oscuridad de la noche. Se miraron con  el afecto contenido durante tantos años. Se miraron. En realidad, puede que el duelo entero se decidiera en esa mirada. El color miel de los ojos de Manabu se había ido oscureciendo con los años.

Mi suegro dijo algo, Manabu asintió y ambos adoptaron la posición de guardia. De ese momento recuerdo el latido de mi corazón y una vaga sensación de nostalgia, como si me anticipara a la pérdida. No llegué a oir lo que dijo mi suegro, pero quiero imaginármelo. A veces hace falta eso, ¿sabe? Imaginar los detalles que uno no conoce para poder terminar de contar la historia. En mi mente, mi suegro, Kosuke, habría dicho: «Cuida bien de tu madre, y dile que me perdone» y Manabu se habría limitado a asentir porque ¿qué otra cosa podría haber dicho?

Sujetaba la espada en alto con una técnica perfecta: la posición de los brazos, la cadera, los pies, no había nada que reprochar en su forma. Un tajo desde esa posición era capaz de cortar a un hombre por la mitad. Kosuke, empequeñecido, sujetaba la espada desde una posición baja, con la punta apoyada en la arena. Nadie dudaba de su habilidad, pero la edad y las enfermedades le habían privado de su antigua agilidad y de su fuerza. En ese momento, todos sabíamos que Manabu iba a ganar. Era el preferido del dojo, un joven con un extraordinario potencial y la reputación de ser invencible en los ejercicios de práctica. Para mi suegro, enfermo sin remedio, era la oportunidad perfecta de marcharse de este mundo como vivió en él: combatiendo.

Manabu lanzó el primer golpe, pero el tajo apenas llegó a rozar a su oponente. Fue tan rápido que ninguno de los presentes lo vio, una descarga de relámpago tan rápida y violenta que no permitía reacción. Kosuke tampoco fue capaz de ver el golpe. Se quedó parado un instante eterno mientras la bandana que llevaba en la frente caía al suelo, partida en dos con limpieza. Un instante en el que Manabu ya había vuelto a envainar la espada, seguro de su victoria. Ningún hijo querría matar a su padre, especialmente en un duelo absurdo, dispuesto solo para glorificar el orgullo de un viejo. El golpe demostraría su superioridad y su padre tendría que reconsiderar.

Kosuke reaccionó de forma completamente instintiva, sus brazos se movieron sin que un solo pensamiento cruzara su cabeza o su rostro y descargó un golpe terrible. El tajo entró por debajo de las costillas del chico y cortó limpiamente hasta el hombro del lado opuesto. Si mi suegro no hubiera sido tan débil, seguramente lo hubiera partido por la mitad. Manabu ni siquiera tuvo tiempo de cambiar la expresión de confianza de su cara antes de morir.

Lo que siguió es confuso. Ninguno de los presentes supimos reaccionar. La noche había caido sobre la playa y las antorchas eran la única fuente de luz. Kosuke se dejó caer de rodillas sobre el cuerpo de Manabu, tiró la espada y gritó. Luego, sin que ninguno de nosotros fuera capaz de mover un músculo, cogió a su hijo en brazos y se internó con él en el mar.

Todos los testigos del duelo eramos conscientes de que la muerte acechaba, pero fuimos complices de esa violencia. La tratamos como si el destino dispusiera que la única forma de que Kosuke respetara el legado de su pasado fuera negando su futuro. Imaginábamos su cadaver frío, que ya no podría sonreir en su rictus, pero lo imaginábamos con una sonrisa placentera, la del trabajo completado; el honor intangible, que dio origen al sinsentido, preservado.

Y al final, lo que mejor recuerdo de aquel día es el mar, la nostalgia por todo lo que se fue para no volver, el cansancio de la rutina y de la tristeza de perderla. La vida que dejó de ser.  La ballena blanca de Ahab.