—Vale, es una putada, pero intenta verlo desde un lado positivo. —Claude da un buen trago a su cerveza y se queda mirando a Arno durante unos segundos. —Te vendrá bien descansar, últimamente has estado muy deprimido.

Arno rebusca entre los bolsillos de su chaqueta. Enseguida encuentra lo que busca, un paquete de Gauloises en el que ya solo queda un cigarrillo.

—Quedarme sin trabajo no me ayudará a descansar. Si acaso, me traerá alguna que otra noche de insomnio ¿sabes? Y no estoy deprimido, es que ya me da todo igual.

Sigue hurgando sus bolsillos en busca del paquete de cerillas. Al final se da por vencido y le hace un gesto al camarero para que le preste un mechero. Desde la barra, el camarero asiente con un gesto cómplice y se lo lanza con un giro de muñeca entrenado. Arno es incapaz de cogerlo en el aire, y el mechero rebota en la mesa un par de veces antes de caer al suelo. Claude resopla.

—¿Tanto le costaba acercarse a traernos el puto mechero?

—No seas así. Tendría que haber ido yo a buscarlo.

Arno se enciende el cigarrillo con parsimonia, recreándose en el acto. Da un par de caladas y se retrepa en la silla. El ventilador del techo gira sin iniciativa, movido por la escasa corriente que forman la puerta y las ventanas abiertas.

—Oye, Claude, y ahora, ¿qué?

Claude se sube las gafas hasta el puente de la nariz.

—Pues ahora, nada. Tómatelo con calma un par de semanas. Tienes algo ahorrado, ¿no? Puedes permitírtelo. Y después, no sé, ya saldrá algo. Tampoco es tan difícil reengancharse en lo tuyo.

—Ya, pero no me refiero a eso. O sea, sí, claro que me refiero a eso, pero es algo más… Ayer me fui a dar un paseo por por el Gran Rond. Me sentía como enjaulado ¿sabes? No podía quedarme en casa sin hacer nada. Estuve andando un rato hasta que me cansé, y al final me dio por sentarme en un banco y mirar a la gente que pasaba. Creo que no lo había hecho nunca.

Claude espera unos segundos con la mano apoyada en la mejilla.

—¿Y? ¿Viste algo interesante?

—¿Te acuerdas de Thibaut, en el instituto? Creo que nunca me di cuenta de que estaba ahí hasta el último curso… A ver, estaba en clase con nosotros, claro, pero es igual que con toda esa gente que veía pasar por el parque ayer. Estaban ahí, pero parecían de atrezo, parte del paisaje, como si la cosa no fuera conmigo. Y me acordé de aquella clase de gimnasia en la que se tropezó al ir a saltar el potro…

—¡Ah, sí! Tuvo que venir una ambulancia, ¿verdad? Abrieron la verja para que entrara hasta el patio, y llegó con las luces azules y rojas, y la sirena encendida. Menudo follón se montó. Todo el mundo estaba asomado a las ventanas de sus clases. Después ya no lo volvimos a ver, ¿no?

—No… bueno, sí… lo vi ayer. Estaba paseando por el parque. Cojeaba un poco. Y me di cuenta, ¿sabes? De alguna forma, ese chico al que ignoramos durante años tiene una vida, y solo sabemos un poco de ella por casualidad. Y el resto de personas que paseaban por el parque también tienen una vida, y sus historias están ahí, invisibles, y se mezclan constantemente con otras historias que nunca llegaremos a saber que existen.

—Ya, bueno, ¿y qué?

—No sé, pero supongo que eso es lo que me inquieta, que me he dado cuenta de que todo el mundo va por ahí con sus líos y demás, y que yo soy para ellos lo mismo que ellos para mi: un elemento del paisaje.

—Crisis existencial, ¿eh?

—Un poco… es como, no sé… Nos pasamos la vida de un lado para otro y no tenemos tiempo para nada, y vivimos cosas impredecibles y otras maravillosas, y todas esas tragedias que piensas que solo te pasan a ti… y al final te das cuenta de que no es verdad: solo eres una persona normal haciendo cosas normales. Una persona más entre tantas.

Claude apura la cerveza. El humo del cigarrillo se eleva hacia el techo y se deja llevar por las aspas del ventilador.

—Oye, Arno, ¿te acuerdas de las meriendas que nos preparaba tu madre antes de que se marchara?

—Claro, ¿cómo me voy a olvidar? Me acuerdo sobre todo de las mandarinas ¿sabes? Me encantaba esa pequeña nube de jugo que salía de la cáscara cuando la rompíamos.

—Y las galletas con dibujos de canela. Los borrábamos con la lengua y las mojábamos en la leche…

—Parece que haga un millón de años.

—Ya… El otro día pasé por delante de la antigua casa de tus padres, no sé muy bien por qué. Hacía mucho que no pasaba por allí. Ahora no vive nadie, eso ya lo sabes, y al jardín ni se lo puede llamar así. Joder, si hasta el cartel de venta está descolorido. Pero bueno, eso no es lo que te quería decir. El caso es que miré un momento y me pareció que la cocina tenía la luz encendida, así que me acerqué. ¿Sabes lo que vi?

—¿El qué?

—Pues a ti y a mí, en una de esas muchas meriendas, saludando desde la ventana. Como si el tiempo no hubiera pasado. O peor, como si todo aquello se hubiera quedado allí, ¿me entiendes? Y yo fuera otra persona. Pero no me lo imaginé: estábamos ahí. De algún modo, estábamos ahí.

Arno se queda en silencio. El ventilador deja de moverse.

—¿Te apetece dar una vuelta?

***

Los árboles a un lado y a otro del paseo que atraviesa el Grand Rond se arquean rozando sus copas. Forman bóvedas traslúcidas que filtran la luz de los primeros días de primavera. Arno cierra los ojos y continúa caminando. No siente miedo de caerse o de tropezar, solo la brisa en la cara y una extraña certeza: quizás no esté mal ser parte del paisaje.