«Lo que estoy escribiendo de momento da vueltas en exceso en un círculo cerrado. Me estoy nutriendo de mi propia sustancia y no me renuevo».

Gérard de Nerval

Como adultos ocupados, tendemos a deslizarnos hacia la monotonía y la rutina con demasiada facilidad. Nada que nos podamos reprochar: es demasiado fácil dejarnos llevar por el día a día. El problema es que la mayor parte de nuestras mejores experiencias vitales tienden a ocurrir cuando hacemos algo fuera de lo ordinario.

La cultura tiende a cambiarnos. Si nos aproximamos con la mente abierta a algo que para nosotros es distinto, ese «algo» tiene el inmenso poder de redefinir quiénes somos. No es automático, claro, ni completamente involuntario, pero es un proceso en el que nuestro inconsciente está mucho más presente que la parte de nosotros que identificamos con el «yo».

Salimos a la calle y al caminar nos damos cuenta de que el mundo ha dejado de ser igual, que ha cambiado porque ya no somos nosotros mismos, aunque seamos más «nosotros» que antes. De algún modo, cada vez que leemos, que escuchamos, que viajamos (que vivimos, en definitiva); nos vamos haciendo y vamos siendo, porque siempre estamos en proceso de ser nosotros mismos, sin llegar nunca a definir claramente lo que eso implica.

Pero todos conocemos el sendero de baldosas amarillas —a menudo hasta lo vemos con claridad— y, sin embargo, seguimos bailando al margen, sordos, ciegos, tontos, perdidos en la miasma de nuestra voz interior. Y al bailar no nos daremos la vuelta, no pararemos.

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