Tengo que reconocerlo: soy propenso a darle demasiadas vueltas a las cosas. Me abruma pensar en las repercusiones de lo que hago, pero también de lo que no hago. Muchas veces me paraliza. Tiro la piedra al estanque y las ondas llegan mucho más lejos de lo que yo pensaba. Otras veces no hay ondas y la piedra se hunde con un sonoro plof que rompe el rumor natural del agua.  Sí, tiro la piedra, pero nunca adivino lo que va a pasar. Solo que no la tiro y las ondas están en mi imaginación, y mi imaginación siempre me sorprende en su pesimismo. Pero otros días leo algo que me devuelve al mundo y me recuerda que nadie se ha muerto todavía por escuchar un plof de vez en cuando. Escribir, como todo, puede ser muy difícil, pero, también como todo, puede ser muy sencillo: solo hace falta distinguir qué es lo importante.

«¿Quién me enseñará a escribir? Quería saber un lector.

La página, la página, esa eterna blancura, la blancura de la eternidad que cubres con lentitud, afirmando tus garabatos como un derecho y tu atrevimiento como una necesidad; la página, que cubres de forma inexpresiva, arruinándola, pero afirmando tu libertad y tu poder de actuar, reconociendo que arruinas todo lo que tocas mientras lo tocas igualmente, porque actuar es mejor que el solo hecho de estar en mera opacidad; la página, que cubres lentamente con el hilo malhumorado de tu intuición; la página en la puridad de sus posibilidades; la página de tu muerte, frente a la que entierras en roca las excelencias defectuosas que eres capaz reunir con toda tu fuerza vital: esa página te enseñará a escribir».

De Annie Dillard, The Writing Life. Traducción propia.

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Foto: Trabajando fuera