«Por muy larga que sea la tormenta, el sol siempre vuelve a brillar entre las nubes».

­ ­­­Khalil Gibran

Un monumento siempre sorprende por su tenacidad en no dejarse atrapar por el olvido, en resistir como nadie el paso destructivo del tiempo. El fantasma definitivo es el que todavía nos recuerda, en toda su inmensidad, la gloria pasada apenas preservada; el oro fugaz, del que nadie habló hasta hace poco; la caminata del destino, elusiva e inevitable, hacia el 27 de marzo de 1970. La estación Canfranc es historia de Europa, historia de la Segunda Guerra Mundial. Historia olvidada y parcialmente recordada. Y solo la historia es capaz de ser imponente aun entre las colosales montañas de los Pirineos. Faro de luz de un paisaje de verdes y grises, con su atmósfera de piedra y hierro forjado, de vía estrecha y francesa, de nubes tan bajas que velan la vista del viajero, la estación de Canfranc inspira una sensación de misterio, de potencial frustrado y elegancia mantenida.

La estación es testigo mudo del papel mojado en la alianza entre países, de la ineficacia política en reconocer el valor de lo que merece preservarse; testigo incólume del esfuerzo de todos aquellos que hicieron posible que en su futuro, nuestro presente, sigan existiendo vestigios de nuestra historia; testigo de la podredumbre que no sucumbe a ella.

El afán revisionista de cada época insiste en ver nuestro pasado con el prisma efímero del presente. Vivimos una ficción perpetua de conocer lo que solo intuimos, de imaginar lo que fue sin saber cómo fue, pero solo a través de lo que perdura podemos intentar imaginar esa última frontera, los días grises de llovizna, el raíl melancólico y las prendas ocres como el otoño.

En los andenes de la estación de Canfranc ya nadie espera el tren a Francia, pero los que la hemos visto alguna vez nos impregnamos de una especie de fervor ferroviario: el deseo intenso de que el tiempo revierta la gloria pasada en futura, o quizá mejor, presente. La estación no se olvida a sí misma; nosotros también debemos evitar rendirnos al olvido.

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