«En el fondo de mi oceano más oscuro tus ojos me descubren y me hacen preguntarme si no debería irme de allí».

No importa cómo comience ni como termine, la historia siempre es la misma. Me hablas de todas las cosas frágiles que construyes mientras esperas que de algún modo la vida deje de pasarte la mano por la cara y las piezas comiencen a encajar. Pero llega el momento soñado y los hitos desaparecen: cuesta encontrar un propósito claro detrás de una idea vaga.

Quisiste empezar una vida nueva, alejarte de todas las personas que te veían como no querías ser. Un comienzo nuevo donde las estaciones se dividen y el polvo no se llega a acumular. No obstante, recuerda esto: los errores pasados no pueden enmendarse, uno nunca comienza de cero —«¡Qué pesada es la mochila, qué peso tan extraordinario!»—. No quieres seguir ni tampoco parar. Si solo pudieras recomenzar una vez cada día, quizá eso sería todo lo que necesitas.

«Sí, un fantasma, eso es todo lo que soy, el fantasma de una generación que se consume entre la ambigüedad y la incertidumbre. No me da miedo ser yo, pero ojalá supiera lo que eso significa, ojalá escuchara el cántico de sirenas mientras avanzo sin conciencia del tiempo por las calles azotadas por el viento, y el polvo y la tierra se enredan en mi pelo como liendres muertas de un pasado remoto que se ancla para nunca eclosionar.

Ya solo recuerdo que bebíamos como demonios. Para pillar, para olvidar.

Y la juventud pasó. Y la olvidamos».

Inspiras llenando los pulmones, luego los vacías muy lentamente con los párpados cerrados; una mancha de luz anaranjada que se filtra y te da un instante de paz tan fugaz que te preguntas si fue real. Suspiras y te das permiso para perder la mirada en la nada y sentirte de aquí sin sentirte, pasear sin observar, y vivir la vida sin disfrutarla como un insatisfecho crónico, que se hace a la vez que se deshace.

La soledad del inconformista es una angustia sorda.