Alberto Solomando

El viaje de escribir

Categoría: Relato corto

Polvo de hadas

Va a llover.

¿Pero tú ves alguna nube?

Las hormigas barruntan agua… Hay que saber de naturaleza.

Dolores se ajustó las gafas, pero no vio ninguna hormiga alrededor.

Será por lo mucho que tú sabes.

Fina arrugó el ceño.

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Diapositivas

—Vale, es una putada, pero intenta verlo desde un lado positivo. —Claude da un buen trago a su cerveza y se queda mirando a Arno durante unos segundos. —Te vendrá bien descansar, últimamente has estado muy deprimido.

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La Princesa

La luz que se filtraba en las rendijas de la ventana del dormitorio era oscura, angosta. Tim se levantó casi a rastras y avanzó varios pasos con la sensación física de haberse quedado en la cama. Su cuerpo se desplazó hacia el baño con la inercia de la costumbre, los pies descalzos en el suelo de baldosas amarillas de cerámica. Movió la manija roja del grifo del lavabo pero el agua insistió en salir helada. Se lavó la cara y el extraño del espejo lo miró de hito, los ojos hundidos, el pelo ralo y encanecido. En los años que había pasado buscando a la Princesa, Tim había aprendido a verse a sí mismo como un catalizador de eventos. Si la vida era una sucesión de causas y efectos, él se había alineado con el bando de las causas y había estado más que dispuesto a batallar con los efectos por cada palmo de libertad percibida, de propósito reclamado. Y aunque el propósito era claro había vagado en un bote sin remos, al albur de las corrientes y con la confianza de quien sigue su camino. ¿Existe la Princesa? La duda llegó a corroerle. No había veneno más lento, más inmanente.

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Humo

Desde que era niño siempre me habías dado el mismo consejo. Te acuerdas, ¿verdad? Entrabas en mi habitación, te sentabas a mi lado y comenzabas a rellenar de tabaco tu pipa de madera. Yo había aprendido a reconocer tu señal y dejaba lo que quiera que estuviera haciendo, pendiente sólo de ti. Entonces bajabas el tono de voz como si tuvieras una confidencia que solo yo pudiera escuchar, y me decías: «hijo, aún eres muy joven, pero es importante que entiendas que a todos nos llega el día de abandonar este mundo». Hacías una pausa para humedecerte el pulgar con los labios y compactar el tabaco en la cazoleta, y continuabas: «Así que vive una vida que merezca la pena recordar; ese es el verdadero secreto de la inmortalidad». Yo asentía decidido: «claro que sí, papá», y tú te colocabas la pipa en la boca, con aquel hilo de saliva que colgaba de la cazoleta, y perdías tu mirada en las volutas de humo. Claro que sí, papá.

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Eres tú, soy yo

 

Una chica se sienta a mi lado en el metro. Me encojo en mi asiento y junto bien las piernas, las manos sobre las rodillas. Intento estrecharme para evitar que nos toquemos. La miro de reojo: es más joven que yo, muy delgada, con algo de acné en las mejillas. No la definiría como atractiva, ni tampoco guapa, pero tiene una belleza gestual que me atrae: el modo en que gesticula al hablar por teléfono, las líneas que se dibujan desde las aletas de la nariz hasta las comisuras de sus labios, las arrugas que parten del rabillo de sus ojos cuando los entrecierra. Hay una chispa en sus movimientos que imagino que se perderá al capturarla en una fotografía.

—Perdona, ¿te puedo hacer una foto? —le digo.

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