Alberto Solomando

El viaje de escribir

Categoría: Microentrada

«En el fondo de mi oceano más oscuro tus ojos me descubren y me hacen preguntarme si no debería irme de allí».

No importa cómo comience ni cómo termine, la historia siempre es la misma. Me hablas de todas las cosas frágiles que construyes mientras esperas que de algún modo la vida deje de pasarte la mano por la cara y las piezas comiencen a encajar. Pero llega el momento soñado y los hitos desaparecen: cuesta encontrar un propósito claro detrás de una idea vaga.

Quisiste empezar una vida nueva, alejarte de todas las personas que te veían como no querías ser. Un comienzo nuevo donde las estaciones se dividen y el polvo no se llega a acumular. No obstante, recuerda esto: los errores pasados no pueden enmendarse, uno nunca comienza de cero —«¡Qué pesada es la mochila, qué peso tan extraordinario!»—. No quieres seguir ni tampoco parar. Si solo pudieras recomenzar una vez cada día, quizá eso sería todo lo que necesitas.

«Sí, un fantasma, eso es todo lo que soy, el fantasma de una generación que se consume entre la ambigüedad y la incertidumbre. No me da miedo ser yo, pero ojalá supiera lo que eso significa, ojalá escuchara el cántico de sirenas mientras avanzo sin conciencia del tiempo por las calles azotadas por el viento, y el polvo y la tierra se enredan en mi pelo como liendres muertas de un pasado remoto que se ancla para nunca eclosionar.

Ya solo recuerdo que bebíamos como demonios. Para pillar, para olvidar.

Y la juventud pasó. Y la olvidamos».

Inspiras llenando los pulmones, luego los vacías muy lentamente con los párpados cerrados; una mancha de luz anaranjada que se filtra y te da un instante de paz tan fugaz que te preguntas si fue real. Suspiras y te das permiso para perder la mirada en la nada y sentirte de aquí sin sentirte, pasear sin observar, y vivir la vida sin disfrutarla como un insatisfecho crónico, que se hace a la vez que se deshace.

La soledad del inconformista es una angustia sorda.

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«Lo que estoy escribiendo de momento da vueltas en exceso en un círculo cerrado. Me estoy nutriendo de mi propia sustancia y no me renuevo».

Gérard de Nerval

Como adultos ocupados, tendemos a deslizarnos hacia la monotonía y la rutina con demasiada facilidad. Nada que nos podamos reprochar: es demasiado fácil dejarnos llevar por el día a día. El problema es que la mayor parte de nuestras mejores experiencias vitales tienden a ocurrir cuando hacemos algo fuera de lo ordinario.

La cultura tiende a cambiarnos. Si nos aproximamos con la mente abierta a algo que para nosotros es distinto, ese «algo» tiene el inmenso poder de redefinir quiénes somos. No es automático, claro, ni completamente involuntario, pero es un proceso en el que nuestro inconsciente está mucho más presente que la parte de nosotros que identificamos con el «yo».

Salimos a la calle y al caminar nos damos cuenta de que el mundo ha dejado de ser igual, que ha cambiado porque ya no somos nosotros mismos, aunque seamos más «nosotros» que antes. De algún modo, cada vez que leemos, que escuchamos, que viajamos (que vivimos, en definitiva); nos vamos haciendo y vamos siendo, porque siempre estamos en proceso de ser nosotros mismos, sin llegar nunca a definir claramente lo que eso implica.

Pero todos conocemos el sendero de baldosas amarillas —a menudo hasta lo vemos con claridad— y, sin embargo, seguimos bailando al margen, sordos, ciegos, tontos, perdidos en la miasma de nuestra voz interior. Y al bailar no nos daremos la vuelta, no pararemos.

***

Tengo que reconocerlo: soy propenso a darle demasiadas vueltas a las cosas. Me abruma pensar en las repercusiones de lo que hago, pero también de lo que no hago. Muchas veces me paraliza. Tiro la piedra al estanque y las ondas llegan mucho más lejos de lo que yo pensaba. Otras veces no hay ondas y la piedra se hunde con un sonoro plof que rompe el rumor natural del agua.  Sí, tiro la piedra, pero nunca adivino lo que va a pasar. Solo que no la tiro y las ondas están en mi imaginación, y mi imaginación siempre me sorprende en su pesimismo. Pero otros días leo algo que me devuelve al mundo y me recuerda que nadie se ha muerto todavía por escuchar un plof de vez en cuando. Escribir, como todo, puede ser muy difícil, pero, también como todo, puede ser muy sencillo: solo hace falta distinguir qué es lo importante.

«¿Quién me enseñará a escribir? Quería saber un lector.

La página, la página, esa eterna blancura, la blancura de la eternidad que cubres con lentitud, afirmando tus garabatos como un derecho y tu atrevimiento como una necesidad; la página, que cubres de forma inexpresiva, arruinándola, pero afirmando tu libertad y tu poder de actuar, reconociendo que arruinas todo lo que tocas mientras lo tocas igualmente, porque actuar es mejor que el solo hecho de estar en mera opacidad; la página, que cubres lentamente con el hilo malhumorado de tu intuición; la página en la puridad de sus posibilidades; la página de tu muerte, frente a la que entierras en roca las excelencias defectuosas que eres capaz reunir con toda tu fuerza vital: esa página te enseñará a escribir».

De Annie Dillard, The Writing Life. Traducción propia.

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Foto: Trabajando fuera

Soñabas construir un puente hacia la luna en lo alto,

y subimos juntos a la cabaña en la copa del almendro.

Quizás porque el camino no debe ser un trabajo,

mientras elevabas paredes que no sonaran a hueco,

caminaste sin volverte una vez, sin saber ver

que al mirar atrás no quedaba rastro de tu paso,

porque la hierba reverdecía en tus huellas,

y los pájaros se alimentaban de tus semillas.

***

Foto: Puente del palacio de verano