Alberto Solomando

El viaje de escribir

«Por muy larga que sea la tormenta, el sol siempre vuelve a brillar entre las nubes».

­ ­­­Khalil Gibran

Un monumento siempre sorprende por su tenacidad en no dejarse atrapar por el olvido, en resistir como nadie el paso destructivo del tiempo. El fantasma definitivo es el que todavía nos recuerda, en toda su inmensidad, la gloria pasada apenas preservada; el oro fugaz, del que nadie habló hasta hace poco; la caminata del destino, elusiva e inevitable, hacia el 27 de marzo de 1970. La estación Canfranc es historia de Europa, historia de la Segunda Guerra Mundial. Historia olvidada y parcialmente recordada. Y solo la historia es capaz de ser imponente aun entre las colosales montañas de los Pirineos. Faro de luz de un paisaje de verdes y grises, con su atmósfera de piedra y hierro forjado, de vía estrecha y francesa, de nubes tan bajas que velan la vista del viajero, la estación de Canfranc inspira una sensación de misterio, de potencial frustrado y elegancia mantenida.

La estación es testigo mudo del papel mojado en la alianza entre países, de la ineficacia política en reconocer el valor de lo que merece preservarse; testigo incólume del esfuerzo de todos aquellos que hicieron posible que en su futuro, nuestro presente, sigan existiendo vestigios de nuestra historia; testigo de la podredumbre que no sucumbe a ella.

El afán revisionista de cada época insiste en ver nuestro pasado con el prisma efímero del presente. Vivimos una ficción perpetua de conocer lo que solo intuimos, de imaginar lo que fue sin saber cómo fue, pero solo a través de lo que perdura podemos intentar imaginar esa última frontera, los días grises de llovizna, el raíl melancólico y las prendas ocres como el otoño.

En los andenes de la estación de Canfranc ya nadie espera el tren a Francia, pero los que la hemos visto alguna vez nos impregnamos de una especie de fervor ferroviario: el deseo intenso de que el tiempo revierta la gloria pasada en futura, o quizá mejor, presente. La estación no se olvida a sí misma; nosotros también debemos evitar rendirnos al olvido.

***

El duelo

Por supuesto que me acuerdo: algo así no se olvida, pero es verdad que el tiempo lo ha ido difuminando. Ahora solo quedan detalles. Recuerdo, por ejemplo, que la mar apenas movía nuestra barca. Flotábamos con ligereza sorteando las rocas que enmarcaban la playa. Las palmas de las manos me sudaban y me costaba mover los remos. El sol de la tarde nos cegaba. Mi suegro hacía visera con la mano para darme indicaciones mientras yo remaba y lo observaba desde atrás, erguido con la espalda recta y el pelo canoso recogido en una coleta impecable, una pose digna con la que disimular el peso de los años.

¿Sabe? El mar ejerce una especie de fascinación hipnótica sobre los que somos de interior. Desde la orilla, el horizonte nos empequeñece, como si de pronto nos hicieramos conscientes de lo limitado del mundo en el que hemos escogido vivir. En realidad, solo los marineros tienen un sentido claro de lo grande que es el mundo. El resto flotamos en una especie de nube ensimismada, la creencia de que sabemos más de lo que sabemos y que nadie ni nada podrá sorprendernos en su inmensidad. El mar es un correctivo, una purga de esa creencia vacua y orgullosa, nos habla de nosotros mismos, nos aisla de la seguridad del todo y nos devuelve a esa nada que está completa, que refleja el sol en su superficie y a la que somos indiferentes. Allí somos espectadores de la vida, navegantes encomendados a la buena suerte.

Quizá por eso, en el día de su muerte, con el talón clavado en el pico de la proa, mi suegro parecía más vivo que nunca.

Como sabe, el duelo se celebró durante el atardecer. Mi suegro quería que el ocaso del día coincidiera con su ocaso como guerrero. Tuvo que insistir mucho, más allá de lo que era educado hacerlo, para que el dojo admitiera ese capricho. Había sido impropio de él, de la importancia que le daba a los buenos modales. En su vida, sus obligaciones siempre estuvieron por encima de sus deseos. Pero no en la muerte. En ella no estaba dispuesto a transigir.

Al llegar a la playa saludamos con formalidad a toda la comitiva del dojo. Habían acudido todos los alumnos y nuestras sombras alargadas cubrían por completo la fría playa. Manabu apenas levantaba la vista de la arena. Su cuerpo parecia vibrar sin que él tuviera control sobre ello. Era su primer duelo a muerte y durante todos sus años de instrucción en el dojo jamás se había expuesto a un riesgo real.

Cuando por fin los testigos nos separamos y ambos contendientes se colocaron de frente, Manabu alzó la vista y ambos se miraron. Se miraron mientras el sol se ocultaba en la distancia y los tonos rojizos del mar empezaban a desdibujarse en la oscuridad de la noche. Se miraron con  el afecto contenido durante tantos años. Se miraron. En realidad, puede que el duelo entero se decidiera en esa mirada. El color miel de los ojos de Manabu se había ido oscureciendo con los años.

Mi suegro dijo algo, Manabu asintió y ambos adoptaron la posición de guardia. De ese momento recuerdo el latido de mi corazón y una vaga sensación de nostalgia, como si me anticipara a la pérdida. No llegué a oir lo que dijo mi suegro, pero quiero imaginármelo. A veces hace falta eso, ¿sabe? Imaginar los detalles que uno no conoce para poder terminar de contar la historia. En mi mente, mi suegro, Kosuke, habría dicho: «Cuida bien de tu madre, y dile que me perdone» y Manabu se habría limitado a asentir porque ¿qué otra cosa podría haber dicho?

Sujetaba la espada en alto con una técnica perfecta: la posición de los brazos, la cadera, los pies, no había nada que reprochar en su forma. Un tajo desde esa posición era capaz de cortar a un hombre por la mitad. Kosuke, empequeñecido, sujetaba la espada desde una posición baja, con la punta apoyada en la arena. Nadie dudaba de su habilidad, pero la edad y las enfermedades le habían privado de su antigua agilidad y de su fuerza. En ese momento, todos sabíamos que Manabu iba a ganar. Era el preferido del dojo, un joven con un extraordinario potencial y la reputación de ser invencible en los ejercicios de práctica. Para mi suegro, enfermo sin remedio, era la oportunidad perfecta de marcharse de este mundo como vivió en él: combatiendo.

Manabu lanzó el primer golpe, pero el tajo apenas llegó a rozar a su oponente. Fue tan rápido que ninguno de los presentes lo vio, una descarga de relámpago tan rápida y violenta que no permitía reacción. Kosuke tampoco fue capaz de ver el golpe. Se quedó parado un instante eterno mientras la bandana que llevaba en la frente caía al suelo, partida en dos con limpieza. Un instante en el que Manabu ya había vuelto a envainar la espada, seguro de su victoria. Ningún hijo querría matar a su padre, especialmente en un duelo absurdo, dispuesto solo para glorificar el orgullo de un viejo. El golpe demostraría su superioridad y su padre tendría que reconsiderar.

Kosuke reaccionó de forma completamente instintiva, sus brazos se movieron sin que un solo pensamiento cruzara su cabeza o su rostro y descargó un golpe terrible. El tajo entró por debajo de las costillas del chico y cortó limpiamente hasta el hombro del lado opuesto. Si mi suegro no hubiera sido tan débil, seguramente lo hubiera partido por la mitad. Manabu ni siquiera tuvo tiempo de cambiar la expresión de confianza de su cara antes de morir.

Lo que siguió es confuso. Ninguno de los presentes supimos reaccionar. La noche había caido sobre la playa y las antorchas eran la única fuente de luz. Kosuke se dejó caer de rodillas sobre el cuerpo de Manabu, tiró la espada y gritó. Luego, sin que ninguno de nosotros fuera capaz de mover un músculo, cogió a su hijo en brazos y se internó con él en el mar.

Todos los testigos del duelo eramos conscientes de que la muerte acechaba, pero fuimos complices de esa violencia. La tratamos como si el destino dispusiera que la única forma de que Kosuke respetara el legado de su pasado fuera negando su futuro. Imaginábamos su cadaver frío, que ya no podría sonreir en su rictus, pero lo imaginábamos con una sonrisa placentera, la del trabajo completado; el honor intangible, que dio origen al sinsentido, preservado.

Y al final, lo que mejor recuerdo de aquel día es el mar, la nostalgia por todo lo que se fue para no volver, el cansancio de la rutina y de la tristeza de perderla. La vida que dejó de ser.  La ballena blanca de Ahab.

El primer día

La pausa del café. Cigarros que se consumen en ceniza dentro de un vaso de plástico. El vestíbulo apesta a tabaco mientras las luces halógenas resaltan el cartel con la colilla tachada. El timbre del teléfono suena ominoso. Para mí, siempre suena así. Siempre es trabajo. Me despido con un gesto mientras cojo la llamada y me entrego a problemas ajenos que no me importan, pero me mantienen despierto cada noche. Al cruzar el umbral, el vaso cenicero se me cae esparciéndose por la moqueta.

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«En el fondo de mi oceano más oscuro tus ojos me descubren y me hacen preguntarme si no debería irme de allí».

No importa cómo comience ni cómo termine, la historia siempre es la misma. Me hablas de todas las cosas frágiles que construyes mientras esperas que de algún modo la vida deje de pasarte la mano por la cara y las piezas comiencen a encajar. Pero llega el momento soñado y los hitos desaparecen: cuesta encontrar un propósito claro detrás de una idea vaga.

Quisiste empezar una vida nueva, alejarte de todas las personas que te veían como no querías ser. Un comienzo nuevo donde las estaciones se dividen y el polvo no se llega a acumular. No obstante, recuerda esto: los errores pasados no pueden enmendarse, uno nunca comienza de cero —«¡Qué pesada es la mochila, qué peso tan extraordinario!»—. No quieres seguir ni tampoco parar. Si solo pudieras recomenzar una vez cada día, quizá eso sería todo lo que necesitas.

«Sí, un fantasma, eso es todo lo que soy, el fantasma de una generación que se consume entre la ambigüedad y la incertidumbre. No me da miedo ser yo, pero ojalá supiera lo que eso significa, ojalá escuchara el cántico de sirenas mientras avanzo sin conciencia del tiempo por las calles azotadas por el viento, y el polvo y la tierra se enredan en mi pelo como liendres muertas de un pasado remoto que se ancla para nunca eclosionar.

Ya solo recuerdo que bebíamos como demonios. Para pillar, para olvidar.

Y la juventud pasó. Y la olvidamos».

Inspiras llenando los pulmones, luego los vacías muy lentamente con los párpados cerrados; una mancha de luz anaranjada que se filtra y te da un instante de paz tan fugaz que te preguntas si fue real. Suspiras y te das permiso para perder la mirada en la nada y sentirte de aquí sin sentirte, pasear sin observar, y vivir la vida sin disfrutarla como un insatisfecho crónico, que se hace a la vez que se deshace.

La soledad del inconformista es una angustia sorda.

***

Polvo de hadas

Va a llover.

¿Pero tú ves alguna nube?

Las hormigas barruntan agua… Hay que saber de naturaleza.

Dolores se ajustó las gafas, pero no vio ninguna hormiga alrededor.

Será por lo mucho que tú sabes.

Fina arrugó el ceño.

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«Lo que estoy escribiendo de momento da vueltas en exceso en un círculo cerrado. Me estoy nutriendo de mi propia sustancia y no me renuevo».

Gérard de Nerval

Como adultos ocupados, tendemos a deslizarnos hacia la monotonía y la rutina con demasiada facilidad. Nada que nos podamos reprochar: es demasiado fácil dejarnos llevar por el día a día. El problema es que la mayor parte de nuestras mejores experiencias vitales tienden a ocurrir cuando hacemos algo fuera de lo ordinario.

La cultura tiende a cambiarnos. Si nos aproximamos con la mente abierta a algo que para nosotros es distinto, ese «algo» tiene el inmenso poder de redefinir quiénes somos. No es automático, claro, ni completamente involuntario, pero es un proceso en el que nuestro inconsciente está mucho más presente que la parte de nosotros que identificamos con el «yo».

Salimos a la calle y al caminar nos damos cuenta de que el mundo ha dejado de ser igual, que ha cambiado porque ya no somos nosotros mismos, aunque seamos más «nosotros» que antes. De algún modo, cada vez que leemos, que escuchamos, que viajamos (que vivimos, en definitiva); nos vamos haciendo y vamos siendo, porque siempre estamos en proceso de ser nosotros mismos, sin llegar nunca a definir claramente lo que eso implica.

Pero todos conocemos el sendero de baldosas amarillas —a menudo hasta lo vemos con claridad— y, sin embargo, seguimos bailando al margen, sordos, ciegos, tontos, perdidos en la miasma de nuestra voz interior. Y al bailar no nos daremos la vuelta, no pararemos.

***

Diapositivas

—Vale, es una putada, pero intenta verlo desde un lado positivo. —Claude da un buen trago a su cerveza y se queda mirando a Arno durante unos segundos. —Te vendrá bien descansar, últimamente has estado muy deprimido.

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Tengo que reconocerlo: soy propenso a darle demasiadas vueltas a las cosas. Me abruma pensar en las repercusiones de lo que hago, pero también de lo que no hago. Muchas veces me paraliza. Tiro la piedra al estanque y las ondas llegan mucho más lejos de lo que yo pensaba. Otras veces no hay ondas y la piedra se hunde con un sonoro plof que rompe el rumor natural del agua.  Sí, tiro la piedra, pero nunca adivino lo que va a pasar. Solo que no la tiro y las ondas están en mi imaginación, y mi imaginación siempre me sorprende en su pesimismo. Pero otros días leo algo que me devuelve al mundo y me recuerda que nadie se ha muerto todavía por escuchar un plof de vez en cuando. Escribir, como todo, puede ser muy difícil, pero, también como todo, puede ser muy sencillo: solo hace falta distinguir qué es lo importante.

«¿Quién me enseñará a escribir? Quería saber un lector.

La página, la página, esa eterna blancura, la blancura de la eternidad que cubres con lentitud, afirmando tus garabatos como un derecho y tu atrevimiento como una necesidad; la página, que cubres de forma inexpresiva, arruinándola, pero afirmando tu libertad y tu poder de actuar, reconociendo que arruinas todo lo que tocas mientras lo tocas igualmente, porque actuar es mejor que el solo hecho de estar en mera opacidad; la página, que cubres lentamente con el hilo malhumorado de tu intuición; la página en la puridad de sus posibilidades; la página de tu muerte, frente a la que entierras en roca las excelencias defectuosas que eres capaz reunir con toda tu fuerza vital: esa página te enseñará a escribir».

De Annie Dillard, The Writing Life. Traducción propia.

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Foto: Trabajando fuera

La Princesa

La luz que se filtraba en las rendijas de la ventana del dormitorio era oscura, angosta. Tim se levantó casi a rastras y avanzó varios pasos con la sensación física de haberse quedado en la cama. Su cuerpo se desplazó hacia el baño con la inercia de la costumbre, los pies descalzos en el suelo de baldosas amarillas de cerámica. Movió la manija roja del grifo del lavabo pero el agua insistió en salir helada. Se lavó la cara y el extraño del espejo lo miró de hito, los ojos hundidos, el pelo ralo y encanecido. En los años que había pasado buscando a la Princesa, Tim había aprendido a verse a sí mismo como un catalizador de eventos. Si la vida era una sucesión de causas y efectos, él se había alineado con el bando de las causas y había estado más que dispuesto a batallar con los efectos por cada palmo de libertad percibida, de propósito reclamado. Y aunque el propósito era claro había vagado en un bote sin remos, al albur de las corrientes y con la confianza de quien sigue su camino. ¿Existe la Princesa? La duda llegó a corroerle. No había veneno más lento, más inmanente.

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Soñabas construir un puente hacia la luna en lo alto,

y subimos juntos a la cabaña en la copa del almendro.

Quizás porque el camino no debe ser un trabajo,

mientras elevabas paredes que no sonaran a hueco,

caminaste sin volverte una vez, sin saber ver

que al mirar atrás no quedaba rastro de tu paso,

porque la hierba reverdecía en tus huellas,

y los pájaros se alimentaban de tus semillas.

***

Foto: Puente del palacio de verano

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