Alberto Solomando

El viaje de escribir

Polvo de hadas

Va a llover.

¿Pero tú ves alguna nube?

Las hormigas barruntan agua… Hay que saber de naturaleza.

Dolores se ajustó las gafas, pero no vio ninguna hormiga alrededor.

Será por lo mucho que tú sabes.

Fina arrugó el ceño.

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«Lo que estoy escribiendo de momento da vueltas en exceso en un círculo cerrado. Me estoy nutriendo de mi propia sustancia y no me renuevo».

Gérard de Nerval

Como adultos ocupados, tendemos a deslizarnos hacia la monotonía y la rutina con demasiada facilidad. Nada que nos podamos reprochar: es demasiado fácil dejarnos llevar por el día a día. El problema es que la mayor parte de nuestras mejores experiencias vitales tienden a ocurrir cuando hacemos algo fuera de lo ordinario.

La cultura tiende a cambiarnos. Si nos aproximamos con la mente abierta a algo que para nosotros es distinto, ese «algo» tiene el inmenso poder de redefinir quiénes somos. No es automático, claro, ni completamente involuntario, pero es un proceso en el que nuestro inconsciente está mucho más presente que la parte de nosotros que identificamos con el «yo».

Salimos a la calle y al caminar nos damos cuenta de que el mundo ha dejado de ser igual, que ha cambiado porque ya no somos nosotros mismos, aunque seamos más «nosotros» que antes. De algún modo, cada vez que leemos, que escuchamos, que viajamos (que vivimos, en definitiva); nos vamos haciendo y vamos siendo, porque siempre estamos en proceso de ser nosotros mismos, sin llegar nunca a definir claramente lo que eso implica.

Pero todos conocemos el sendero de baldosas amarillas —a menudo hasta lo vemos con claridad— y, sin embargo, seguimos bailando al margen, sordos, ciegos, tontos, perdidos en la miasma de nuestra voz interior. Y al bailar no nos daremos la vuelta, no pararemos.

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Diapositivas

—Vale, es una putada, pero intenta verlo desde un lado positivo. —Claude da un buen trago a su cerveza y se queda mirando a Arno durante unos segundos. —Te vendrá bien descansar, últimamente has estado muy deprimido.

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Tengo que reconocerlo: soy propenso a darle demasiadas vueltas a las cosas. Me abruma pensar en las repercusiones de lo que hago, pero también de lo que no hago. Muchas veces me paraliza. Tiro la piedra al estanque y las ondas llegan mucho más lejos de lo que yo pensaba. Otras veces no hay ondas y la piedra se hunde con un sonoro plof que rompe el rumor natural del agua.  Sí, tiro la piedra, pero nunca adivino lo que va a pasar. Solo que no la tiro y las ondas están en mi imaginación, y mi imaginación siempre me sorprende en su pesimismo. Pero otros días leo algo que me devuelve al mundo y me recuerda que nadie se ha muerto todavía por escuchar un plof de vez en cuando. Escribir, como todo, puede ser muy difícil, pero, también como todo, puede ser muy sencillo: solo hace falta distinguir qué es lo importante.

«¿Quién me enseñará a escribir? Quería saber un lector.

La página, la página, esa eterna blancura, la blancura de la eternidad que cubres con lentitud, afirmando tus garabatos como un derecho y tu atrevimiento como una necesidad; la página, que cubres de forma inexpresiva, arruinándola, pero afirmando tu libertad y tu poder de actuar, reconociendo que arruinas todo lo que tocas mientras lo tocas igualmente, porque actuar es mejor que el solo hecho de estar en mera opacidad; la página, que cubres lentamente con el hilo malhumorado de tu intuición; la página en la puridad de sus posibilidades; la página de tu muerte, frente a la que entierras en roca las excelencias defectuosas que eres capaz reunir con toda tu fuerza vital: esa página te enseñará a escribir».

De Annie Dillard, The Writing Life. Traducción propia.

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Foto: Trabajando fuera

La Princesa

La luz que se filtraba en las rendijas de la ventana del dormitorio era oscura, angosta. Tim se levantó casi a rastras y avanzó varios pasos con la sensación física de haberse quedado en la cama. Su cuerpo se desplazó hacia el baño con la inercia de la costumbre, los pies descalzos en el suelo de baldosas amarillas de cerámica. Movió la manija roja del grifo del lavabo pero el agua insistió en salir helada. Se lavó la cara y el extraño del espejo lo miró de hito, los ojos hundidos, el pelo ralo y encanecido. En los años que había pasado buscando a la Princesa, Tim había aprendido a verse a sí mismo como un catalizador de eventos. Si la vida era una sucesión de causas y efectos, él se había alineado con el bando de las causas y había estado más que dispuesto a batallar con los efectos por cada palmo de libertad percibida, de propósito reclamado. Y aunque el propósito era claro había vagado en un bote sin remos, al albur de las corrientes y con la confianza de quien sigue su camino. ¿Existe la Princesa? La duda llegó a corroerle. No había veneno más lento, más inmanente.

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Soñabas construir un puente hacia la luna en lo alto,

y subimos juntos a la cabaña en la copa del almendro.

Quizás porque el camino no debe ser un trabajo,

mientras elevabas paredes que no sonaran a hueco,

caminaste sin volverte una vez, sin saber ver

que al mirar atrás no quedaba rastro de tu paso,

porque la hierba reverdecía en tus huellas,

y los pájaros se alimentaban de tus semillas.

***

Foto: Puente del palacio de verano

Humo

Desde que era niño siempre me habías dado el mismo consejo. Te acuerdas, ¿verdad? Entrabas en mi habitación, te sentabas a mi lado y comenzabas a rellenar de tabaco tu pipa de madera. Yo había aprendido a reconocer tu señal y dejaba lo que quiera que estuviera haciendo, pendiente sólo de ti. Entonces bajabas el tono de voz como si tuvieras una confidencia que solo yo pudiera escuchar, y me decías: «hijo, aún eres muy joven, pero es importante que entiendas que a todos nos llega el día de abandonar este mundo». Hacías una pausa para humedecerte el pulgar con los labios y compactar el tabaco en la cazoleta, y continuabas: «Así que vive una vida que merezca la pena recordar; ese es el verdadero secreto de la inmortalidad». Yo asentía decidido: «claro que sí, papá», y tú te colocabas la pipa en la boca, con aquel hilo de saliva que colgaba de la cazoleta, y perdías tu mirada en las volutas de humo. Claro que sí, papá.

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Eres tú, soy yo

 

Una chica se sienta a mi lado en el metro. Me encojo en mi asiento y junto bien las piernas, las manos sobre las rodillas. Intento estrecharme para evitar que nos toquemos. La miro de reojo: es más joven que yo, muy delgada, con algo de acné en las mejillas. No la definiría como atractiva, ni tampoco guapa, pero tiene una belleza gestual que me atrae: el modo en que gesticula al hablar por teléfono, las líneas que se dibujan desde las aletas de la nariz hasta las comisuras de sus labios, las arrugas que parten del rabillo de sus ojos cuando los entrecierra. Hay una chispa en sus movimientos que imagino que se perderá al capturarla en una fotografía.

—Perdona, ¿te puedo hacer una foto? —le digo.

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Cómo empezar un blog

Buff, qué cosas me preguntas. Ni que yo fuera un experto. Todo lo contrario, más bien. Seguro que hay mucha gente por ahí que tiene a tu disposición explicaciones paso a paso, análisis detallados de cuestiones técnicas o incluso cuestionarios para que puedas ajustar tu enfoque de marketing (a quién te diriges, cuál es tu propuesta de valor, cómo puedes optimizar tu SEO) . Al fin y al cabo, antes de empezar hay muchas cosas que considerar, ¿no? La cosa debe tener su misterio. De todas formas, ya que te has molestado en preguntarme, trataré de responderte.

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